Hay edificios que parecen haber existido siempre. Como si hubieran sido soñados antes de ser trazados, y construidos antes de ser concebidos. El Arco de La Défense, ese cubo monumental que corta el cielo de París con una precisión casi metafísica, pertenece a esa estirpe de obras que no solo ocupan un espacio, sino que fundan un relato. Y ahora, ese relato encuentra una nueva vida en la pantalla grande con El arquitecto, la nueva película de Stéphane Demoustier, que se estrena el 13 de marzo en cines de España.
Tras su paso por la sección Un certain regard del Festival de Cannes y su proyección como película de clausura del Festival Internacional de Cine de Gijón, El arquitecto llega de la mano de LAZONA como una obra que se mueve entre el cine político, el drama humano y la arqueología del poder. Una película que no solo cuenta cómo se levantó un monumento, sino cómo se derrumbó un hombre.
El arquitecto: un hombre, un cubo, una obsesión
Basada en hechos reales y en la novela La Grande Arche de Laurence Cossé, la película reconstruye la historia de Johan Otto von Spreckelsen, un arquitecto danés prácticamente desconocido que, contra toda lógica institucional, ganó el concurso internacional para diseñar uno de los proyectos más ambiciosos del siglo XX francés: el Arco de La Défense, uno de los llamados Grands Projets impulsados por François Mitterrand.
El concurso fue una Babel de planos: 424 proyectos anónimos provenientes de todo el mundo. Y sin embargo, el jurado y el presidente eligieron el más simple y, a la vez, el más radical: un cubo vacío, un arco abstracto, una forma tan antigua como el mito y tan moderna como el cálculo estructural. Spreckelsen, profesor en la Real Academia de Bellas Artes de Dinamarca, no tenía estudio propio ni maquinaria política. Tenía, en cambio, una idea.
Y a veces, una idea es suficiente para alterar el curso de la historia, o para ser devorada por ella.
Poder, burocracia y tragedia
La película no se limita al gesto arquitectónico. El arquitecto se adentra en el laberinto institucional que rodeó el proyecto: el Ministerio de Fomento, el EPAD, los cambios de gobierno, la llegada de Jacques Chirac y la redefinición del carácter público del edificio. Spreckelsen, obligado a asociarse con técnicos franceses, vio cómo su obra se transformaba, cómo su idea se diluía, cómo el cubo se llenaba de concesiones.
No hay aquí héroes absolutos ni villanos puros. Hay sistemas, engranajes, voluntades que chocan. Y un hombre enfrentado al vértigo de ver su obra más célebre convertirse, paradójicamente, en su derrota más íntima.
Un reparto que eleva el relato
El peso simbólico de El arquitecto se sostiene sobre interpretaciones de primer nivel. Claes Bang, ganador del EFA a Mejor Actor por The Square, encarna a Spreckelsen con una contención casi ascética, como si su cuerpo fuera un plano arquitectónico más: preciso, sobrio, silencioso.
Junto a él, Xavier Dolan regresa al cine como actor, aportando su ya conocida intensidad emocional, mientras que Swann Arlaud, tres veces ganador del César, el más reciente por Anatomía de una caída, completa el trío protagonista con una actuación que oscila entre la racionalidad política y la fragilidad humana.
El reparto se completa con Michel Fau y Sidse Babett Knudsen, reconocida por su papel en Borgen, aportando capas de complejidad a una historia donde cada personaje representa una fuerza: el Estado, la técnica, la ambición, la duda.
Stéphane Demoustier: del derecho al cine, del detalle al abismo
Stéphane Demoustier no es un director que filme grandes gestos: filma grietas. Licenciado en ciencias políticas por la HEC de París y exfuncionario del Ministerio de Cultura, su cine se mueve entre lo íntimo y lo institucional, entre la norma y la excepción. Ya lo demostró en La chica del brazalete y Borgo, y ahora lo confirma con El arquitecto, una obra donde el verdadero drama no es si el edificio se construye, sino qué se pierde en el proceso.
Demoustier dirige con una precisión quirúrgica, casi jurídica, pero deja que los silencios, las miradas y los espacios hablen por sí mismos. Como si entendiera que la arquitectura, al igual que el cine, no es solo lo que se construye, sino lo que se deja fuera.
Por qué ver El arquitecto hoy
Para quienes siguen a sus artistas favoritos, El arquitecto no es solo una nueva película: es un acontecimiento cultural que une cine europeo, historia política, arquitectura monumental y drama humano en una misma estructura narrativa. Es una obra que dialoga con nuestro presente, donde los grandes proyectos, artísticos, políticos y tecnológicos, siguen enfrentándose a las mismas tensiones entre visión individual y maquinaria colectiva.
Y es, también, una invitación a mirar de otro modo los espacios que habitamos. A preguntarnos cuántas vidas, cuántos sueños, cuántas renuncias están ocultas detrás de cada monumento.
Quizás, como escribiría Borges, todo edificio sea una biblioteca de decisiones, un archivo de voluntades, un laberinto de intenciones. El arquitecto nos entrega una de esas bibliotecas y nos invita a recorrerla no como turistas, sino como lectores atentos de una historia real que, por su complejidad, parece ficción.