La música tiene una forma singular de atravesar fronteras. A veces lo hace con guitarras eléctricas, otras con orquestas monumentales. Y en ciertas noches excepcionales, como la del 14 de marzo de 2026 en el Stade de France, lo hace con un instrumento que parece surgir directamente de la memoria de Europa. Allí apareció Abraham Cupeiro, el músico gallego que ha convertido la arqueología sonora en una forma de arte contemporáneo.
Antes del esperado enfrentamiento entre Francia e Inglaterra en el Torneo de las Seis Naciones de rugby —un duelo conocido mundialmente como Le Crunch— el estadio de Saint-Denis fue escenario de un espectáculo musical cargado de simbolismo. Ante miles de espectadores y con una gran proyección internacional, la previa del partido se transformó en una experiencia escénica donde historia, emoción y tradición se entrelazaron en una narrativa visual intensa que preparó el clima del encuentro.
La propuesta artística estuvo a cargo de la productora The Immersers y fue concebida como una progresión dramática que evocaba los más de 120 años de rivalidad deportiva entre ambas selecciones. El espectáculo combinó efectos especiales, juegos de luces, caballos en escena, figuras representativas del rugby internacional y la participación de niños, todo acompañado por una banda sonora original creada especialmente para la ocasión y un diseño de vestuario cuidadosamente elaborado. El lenguaje escénico recordó a las grandes recreaciones históricas del parque Puy du Fou, uno de los proyectos culturales más prestigiosos de Europa en el terreno del espectáculo en vivo.
En medio de esa puesta teatral apareció el sonido que dio identidad al momento: el karnyx interpretado por Abraham Cupeiro. Este instrumento, una antigua trompeta celta de la Edad de Hierro, se convirtió en el eje central de la composición musical desarrollada por Nathan Stornetta para el espectáculo. El sonido metálico y profundo del karnyx evocó el espíritu guerrero de los pueblos celtas que habitaron el continente europeo hace siglos, aportando una dimensión ancestral al relato escénico que precedió al partido.
El karnyx es uno de los instrumentos más singulares de la antigüedad europea. Durante siglos apenas sobrevivieron restos arqueológicos que permitieran imaginar su forma original. Los hallazgos más completos proceden del templo galo-romano de Tintignac, en Francia. A partir de esos fragmentos y tras años de investigación histórica, Abraham Cupeiro logró reconstruir el instrumento y devolverle su voz. Su versión del karnyx no es solo una pieza musical, sino también un trabajo de investigación y artesanía que conecta la historia con el presente.
Natural de Lugo, Abraham Cupeiro es reconocido internacionalmente por su labor de recuperación y construcción de instrumentos históricos. Su carrera ha estado marcada por un trabajo constante de exploración sonora que lo ha llevado a colaborar con importantes formaciones sinfónicas y a participar en proyectos audiovisuales y musicales de alcance global. Entre ellos figuran colaboraciones vinculadas al ámbito cinematográfico y televisivo internacional junto a figuras como Steven Spielberg, Hans Zimmer y Harry Gregson-Williams, además de su participación en la banda sonora de Gladiator II.
Su presencia en el Stade de France también representó una proyección internacional para la cultura gallega. En un evento deportivo seguido por audiencias de todo el mundo, el sonido de un instrumento ancestral construido por un músico de Lugo se integró en uno de los escenarios deportivos más importantes de Europa. La actuación demostró cómo la música puede funcionar como puente cultural, capaz de dialogar con el deporte, la historia y la emoción colectiva de miles de personas reunidas en un mismo espacio.
Cuando el espectáculo terminó y el estadio se preparó para el inicio del partido, el eco del karnyx todavía parecía flotar en el aire de Saint-Denis. Fue un instante breve, pero poderoso: una voz antigua llegada desde Galicia que se sumó a uno de los duelos más emblemáticos del rugby internacional y que volvió a recordarnos que la música, incluso la más antigua, siempre encuentra la forma de hablarle al presente.