En algún recodo secreto de la memoria argentina, la película Soñar, soñar (1976) de Leonardo Favio se yergue como un testimonio indeleble de un tiempo que parece conjurar la simultaneidad de lo mítico y lo cotidiano. Protagonizada por Carlos Monzón, Gian Franco Pagliaro y Nora Cullen, esta comedia dramática, filmada en Eastmancolor, se estrenó el 8 de julio de 1976 y cerró un ciclo decisivo en la obra de Favio: sería la última película que dirigiría antes de un silencio creativo de diecisiete años, roto recién con Gatica, el mono en 1993.
El argumento narra la historia de un joven del interior con fuerza física extraordinaria que sueña con ser artista. Viaja a Buenos Aires, donde recorre la ciudad acompañado por un artista italiano bohemio y trashumante. Para salir de la pobreza, ambos se unen a un circo, y en esa mezcla de desarraigo y esperanza, Favio construye una metáfora del destino de muchos jóvenes que buscan su lugar en el mundo.
Carlos Monzón, más allá del cuadrilátero, se muestra aquí con una sensibilidad que pocos esperaban de un campeón mundial de boxeo. Monzón, nacido en San Javier, Santa Fe, en 1942, fue reconocido como uno de los mejores boxeadores de todos los tiempos y, al mismo tiempo, tuvo un fugaz pero inolvidable paso por la pantalla grande. Su presencia en Soñar, soñar añade una dimensión física y poética que solo un atleta dotado de intuición dramática podía aportar.
Leonardo Favio, por su parte, representa un universo completo de creación. Cantautor, director, guionista, productor y militante político, su obra cinematográfica se cuenta entre las más influyentes del cine argentino. Desde Crónica de un niño solo hasta El romance del Aniceto y la Francisca, Favio construyó un legado donde la música, la poesía y la sensibilidad humana convergen. Soñar, soñar, aunque menos citado que otros de sus films, es un testimonio vital de su capacidad de capturar la esencia de la ciudad, del sueño y del fracaso.
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